Cuidar es disponer el mundo para el bien del otro, de lo otro; orientar las hojas hacia el lugar soleado antes de que ellas mismas inicien su búsqueda; colocar el objeto a la altura de la mano que ha de prenderlo, por encima de los ojos de quien podría dejarlo caer; ofrecer a la mirada ajena una imagen frontal, serena y clara, que hermane las virtudes del tacto con las de la visión. Cuidar, antes que proteger y evitar, es enriquecer la disposición sensible de quien aparece al lado de nuestra mente. A estos modos de cuidado parece aplicarse Amalia Ortega en estas estampas de mundo que entregan a quien se acerca segmentos de una vida en los que el color saturado ha reemplazado a la imagen gris de la costumbre, y los evocadores y persistentes patrones a la repetición vacía del hábito.
En Altares domésticos la artista sevillana recupera el valor de la pintura como ofrenda, moderando su función de representación. Estas obras no vienen a representar, sino a presentar; en ellas la perspectiva dogmática es sorteada para eludir la representación ilusionista y ofrendar el espacio de la experiencia misma, la misma nostalgia con que Amalia Ortega mira las escenas de lo cotidiano: «Mis pinturas nacen de imágenes mentales: momentos, sensaciones y atmósferas difusas que perduran en la memoria», afirma la artista.
Si su pintura brinda los patrones textiles, murales y cerámicos aminorando la acción sintética de la perspectiva canónica, no lo hace únicamente por las razones que movían a la Nueva Figuración madrileña o al arte naíf –la carga emocional al margen de la fidelidad al espacio simulado–, sino por esa inclinación a la entrega que supone el cuidado. Cada una de estas obras constituye un evento de donación en el que se abre un acceso distinto al de la imagen pictórica usual, más parecido quizás al valor de los antiguos iconos –tragaluces de lo sagrado–, a la gratitud material de los exvotos, o a la cesión de acciones extraordinarias de las reliquias.
Y, sin embargo, lo extraordinario es embargado por la pregnancia de lo ordinario, por la intensa vida de lo corriente. Estos memoriales cotidianos son ajenos a los grandes ademanes del monumento, irremediable mausoleo de guerras travestidas de tragedia. Reclaman una categoría alternativa a lo sublime, siempre motivado por la magnitud o la fuerza, atienden a un valor que nacería de lo diminuto y de lo frágil y que solo las culturas orientales poseen.
Si puede hablarse de una perspectiva feminista en el arte de Amalia Ortega no es por la identificación de escenas domésticas como lugar tradicional de la mujer –algo que sellaría con lacre una lacra abierta–, sino por esta disposición a una apertura de las imágenes a una experiencia no mediada por la ideología de la representación como logro ni por la ansiedad de influencia del ilusionismo visual. La imagen como ofrenda de espacio en el que revivir, como acceso a esa vida condensada de los objetos que, en su uso, han comprado billete para nuestra futura nostalgia. Las formaciones de nuestra memoria en los entornos cotidianos son más densas que las de cualquier artefacto memorial de piedra o hierro. Un arte feminista puede ser aquel que se ha desentendido de las tensiones del dominio, la fuerza o la influencia para dar con la intensa pregnancia de las experiencias no subrayadas, no encumbradas por la altura del pedestal o del estrado, sino por esa otra altura que da lugar a los altares cotidianos como lugares de ofrenda útil.
Los altares cotidianos de Amalia Ortega disponen los objetos para una atención que es más antigua y más extensa que la del objeto de museo. Sus composiciones nos recuerdan que el tapete es el modo de presentación del objeto en el hogar, un modo abandonado en el momento en que el arte se desentendió de la vida ordinaria para habitar un espacio propio pero neutro. La mesa como lugar de la ofrenda frente a la peana como alza para una apreciación alternativa; el zócalo cerámico o el papel pintado como oikeiosis, apropiación de los límites de lo familiar, frente a la abstracción espacial del cubo blanco. El objeto desplazable, la capillita portátil de casa en casa, el alimento caduco frente a la inmovilidad perenne del objeto en la sala de arte.
Esta memoria de la vida de los objetos, como símbolo de nuestra propia memoria, está puesta en escena en estos cuadros, que no son propiamente bodegones, porque no presentan disposiciones de objetos para una contemplación. Son más bien disposiciones de «imágenes mentales», como reconoce la propia artista, ofrecidas a la memoria de quien las mira. Al margen de las ideologías del desinterés estético y de la distancia crítica, Amalia Ortega nos brinda la posibilidad de recuperar la experiencia memorial de lo que siempre permaneció en el hogar.