Ser rebelde hoy es un deambular por un territorio inestable entre lo doméstico y lo salvaje; un espacio de tensión y dualidad donde los perros y felinos que aquí vemos oscilan entre la belleza y la fealdad; la elegancia y la torpeza; el humor y una inquietud difícil de precisar.
Alejado del corte academicista, y desde una práctica donde la materia y el gesto se imponen a cualquier voluntad de corrección, la serie de animales que Alejandro Benito Romero nos presenta a modo de retrato, no funcionan como tal, pues no hay intención narrativa o anecdótica, sino que se presentan como presencias. Cuerpos, gestos y miradas se nos imponen desde una frontalidad directa, donde la voluntad de idealización queda desplazada por la deformación y la exageración. La sensación de dualidad cobra fuerza pues lo elegante, lo torpe, lo bello y lo grotesco conviven sin jerarquías.
En este contexto, la rebeldía se articula como forma de hacer. La pintura de Alejandro Benito Romero surge de una relación directa con el mundo, encontrando algo instintivo, casi animal, en su proceso creativo. La imagen parece surgir más por impulso que por cálculo, reforzando una pintura entendida como acción y como experiencia física.
La materia pictórica desempeña un papel central en estos trabajos. El óleo, aplicado en ocasiones de forma espesa y visible, y en ocasiones sobre fondos previamente trabajados con acrílico y craquelados, subraya el carácter físico de la pintura. Pinceladas pastosas que remiten, en algunas obras, a una tradición pictórica expresionista donde la deformación funciona como recurso formal, evocando ecos de artistas como Francis Bacon, contribuyendo a esa sensación de tensión y extrañeza que, de manera continua, está presente en el conjunto.
En Ser rebelde hoy, lo animal se presenta como una animalidad cercana, a veces doméstica a veces indómita, que nos observa desde el lienzo poniendo en cuestión nuestra propia mirada.