La mirada occidental hacia una contemporaneidad remota

DE LO ORIENTAL
La mirada occidental hacia una contemporaneidad remota

Texto: Guillermo Amaya Brenes

Hace sólo sesenta años que ‘Gran Dragón’ abría sus puertas en Barcelona, el primer restaurante de comida asiática en España. Desde entonces, restaurantes, centros de yoga, tiendas gastronómicas especializadas, artes marciales, deportes, videojuegos, series de dibujos animados, alimentos, literatura y arte procedentes de la cultura oriental han ido ocupando una parte importante de la vida cotidiana de occidente. Una aproximación cultural fruto del fenómeno de la globalización cuyo objetivo es, más que favorecer un acercamiento entre dos culturas diferentes, el de facilitar las aperturas de nuevos mercados para las grandes corporaciones multinacionales o en todo caso, el de un cínico apropiacionismo cultural. Citando al poeta surcoreano Ko Un: “El fenómeno de la globalización actual, en su afán de unificar los mercados, está poniendo en peligro las variedades culturales, su identidad, además de deteriorar su capacidad creativa”. Además, para la mayoría de corrientes antropológicas, desde el materialismo cultural de Marvin Harris hasta la antropología simbólica de Clifford Geertz, llegar a un conocimiento relativamente objetivo e íntegro sobre una cultura, requiere de un proceso complejo y prolongado en el tiempo. Las conclusiones extraídas de cualquiera de estos procesos en la cultura oriental, muy probablemente, contrastaría de forma drástica con el imaginario colectivo occidental. Sin caer en un catastrofismo radical ni en una ignorante ingenuidad, en ‘De lo oriental’ se incluyen los trabajos de nueve artistas que tratan de dar forma, mediante diferentes perspectivas y técnicas artísticas, a esta divergencia intercultural donde conviven realidad y mito, contemporaneidad y tradición.

Una ejemplo sería la dualidad paradigmática japonesa. Poco más de un kilometro separa el Yunika Building del templo sintoísta Shinjuku Juniso Kumano Jinja. Una coexistencia aparentemente antitética, capaz de llevar a cabo un equilibrio entre factores a los que se les ha otorgado una relevancia semejante. Tradición, tecnología, arquitectura contemporánea, templos religiosos, negocios tradicionales, multinacionales, etc. Equilibrio que se materializa en cruces como el de Shibuya, al paso de ejecutivos enchaquetados, quimonos bordados al modo tradiconal japonés, pelucas, pestañas postizas y maquillajes de colores nada discretos, pieles tatuadas de la yakuza (mafia) y turistas. Un paisaje donde la tradición religiosa parece otorgar un valor ascético a los elementos contemporáneos, haciendo emerger templos futuristas de entre la antigua ciudad, donde la contemporaneidad intenta llevara a cabo una recategorización de lo tradicional con la intermediación de la cámara y la pantalla de un iPhone.

Y entre esta vorágine urbano-cultural, la infancia sueña con sus superhéroes, figuras protagonistas de las series de anime (dibujos animados japoneses) o de los mangas (historietas de temática nipona) y que difunden valores como el de la amistad, la justicia, el amor o la perseverancia (y que a su vez son representados con rasgos occidentales). Vorágine en la que los adultos huyen de la excesiva rectitud y estrés mediante el Kawaii (buscando esa ilusión pueril) o se evaden de una sexualidad reprimida a través de escenas del hentai donde se sugieren relaciones sexuales con adolescentes o adquiriendo ropa interior usada de colegialas. Prácticas que, sumadas a otras tantas, producen un sobresalto en la mentalidad occidental: ¿Son las prácticas de otras culturas sujetos juzgables desde la concepción occidental? Pero sobre todo, ¿qué valor tiene lo desconocido y la perspectiva desde donde es observado?

Creíamos que las galletas de la fortuna tenían su origen en la China imperial y realmente nacieron en Estados Unidos a principios del siglo pasado. A día de hoy podemos, por causa de la demanda turística, comprar galletas de la fortuna tanto en Pekín como en Tokio. Un mito que se genera en occidente y que es capaz de transformar la realidad objetiva en la cultura oriental, a pesar de ser una cultura que se cimienta sobre una fuerte base tradicional y religiosa y a contracorriente del poder totémico que caracterizan al budismo, el sintoísmo o el taoísmo. La constatación de que una mirada, además de su poder perceptivo, tiene una capacidad de transformación.

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