En Día D se dan cita los trabajos de 11 artistas: Luis Gordillo, Fernando Parrilla, Concha Ybarra, María Cañas, María José Gallardo, Eva del Fraile, María Luisa Beneytez, Erregiro, Bea Sánchez, Pablo Merchante y Diego Cerero Molina. Una selección, a todas luces, desconcertante: artistas de diferentes generaciones, trayectorias más que diferenciadas, estilos dispares, lenguajes propios… ¿Qué finalidad podría tener reunirlos a todos bajo el marco de una misma exposición? La respuesta, de evidente, se torna compleja: revelar su condición de artistas.

Día D, en la jerga militar, es utilizado para determinar el día en el que se efectúa un ataque o movimiento de combate. También se ha llamado históricamente día D al 6 de junio de 1944 por ser el día en el que se llevó a cabo el desembarco de Normandía. En este caso, Día D (además de coincidir con la fecha de inauguración de la exposición) hace referencia al día a día del artista, a cómo éste concibe al mundo y a cómo se concibe dentro de él. Una relación, que lejos de lo que propondría una idea romántica del arte, se articula de forma impetuosa, dejando al artista en estado de sensible vulnerabilidad ante un mundo en permanente ofensiva. Una circunstancia que en Día D se muestra de forma ineludible como un denominador común para sus integrantes.

Asimismo, dicha condición (la de artista), se toma en esta exposición como un elemento primitivo, cargado de mucha más significación que los que se deriven de él (técnica utilizada, premios o becas obtenidas, exposiciones en museos o galerías, menciones, discurso empleado, etc.). Un fundamento que permanece inmutable en el tiempo, independientemente a los factores que hagan que se manifieste de una u otra forma. Hablamos del origen del arte, de cómo éste surge del artista como consecuencia de la percepción y reflexión del mundo que le rodea, como una necesidad indómita de mostrar la conclusión de una batalla entre él y el universo.

Día D propone un paréntesis en la consecución de exposiciones de obras de arte para llevar a cabo una exposición de artistas. Es decir, desplazar el interés que puedan suscitar las obras expuestas por sí solas, hacia los motivos de su creación, implicando a cada uno de los artistas expuestos y trasladándolos a un mismo plano relacional. Un proceso que rompe con la configuración expositiva habitual y que propicia nuevos debates y reflexiones en torno a los nexos entre dispositivo-artista-espectador.

Texto: Guillermo Amaya Brenes