Soy una artista de Japón residente en Sevilla, España

Practico mi arte como una forma de comunicación y como una manera de cuestionar, de abordar mis preguntas, compartirlas con otros y encontrar la verdad que estoy buscando. Me gusta conectarme con el lugar donde voy a trabajar a través de la gente, el alma y el «aire». Quiero expresar a través de mi arte los afectos, el alma y las emociones de la vida cotidiana en el lugar que me rodea. Me gustaría realizar un  cambio a través del arte que despierte la unidad del espíritu. Más allá de las categorías y circunstancias de la nacionalidad, raza, edad, género, economía, todos somos seres humanos que co-creamos este mundo y nuestras vidas en él. El arte es un lugar en el que sostener con amor la mirada en los ojos del «otro», hasta que nuestros propios ojos se reflejen en el.

Entre mis exposiciones y proyectos individuales destacan:
2019- Wizytujaca Galeria, Varsovia Polonia
          -Museo de YAMAZAKI MAZAK, Nagoya, Japón
          -Jardín en llamas, Heart Field Gallery. Nagoya, Japón
2018-Tomar el hilo, Neilson Gallery, Grazalema
2017-El té del amor, Heart Field Gallery. Nagoya, Japón

He participado en exposiciones colectivas como:
2019-Núcleo de Arte, Maputo, Mozambique
2017-Melfas, Línea orgánica, MACSUR, Buenos Aires, Argentina
         -Viento variable, Galería Ortega Brú, San Roque, España
         -La Palabra Rodada, Facultad de Bellas Artes de Sevilla
2013-The good Life Semmer, Berlín
         -Artifariti IX – Encuentros Internacionales de Artes y Derechos Humanos en el Sáhara Occidental
2011-2016-Campamentos saharauis de población refugiada, Tinduf, Argelia

 

ELLA

Texto: Federico Guzmán Sevilla, 2018.

Mi amiga Kimika es una artista japonesa afincada en Sevilla desde hace pocos años. En 2011 viajamos juntos al Festival de arte y derechos humanos ARTifariti, en el Sáhara Occidental, una experiencia que ha marcado profundamente nuestras vidas y nuestra forma de entender el arte. Desde entonces estos viajes se han repetido y he sostenido con ella una dilatada conversación sobre el poder del arte como vía de transformación, tanto social como personal, y como fundamento de una acción noviolenta a través de las circunstancias del conflicto. El pasado año fue especialmente duro para mi amiga, que tuvo que superar con valentía un grave reto a su salud. Ahora, recuperada, Kimika toma con fuerza el hilo que une su arte con la vida y el destino. En una luminosa serie de collages textiles transforma el dolor en belleza, y su corazón habla alegremente, cantando sus emociones. Conversamos en su estudio sobre la vida en Japón, y sus viajes en búsqueda de respuestas a sus interrogantes. “No puedes cambiar de dónde vienes, pero puedes elegir a dónde vas”. Ese rumbo me hace pensar en el arte como proceso, como ese camino sin camino cuyo destino es el propio devenir siempre nuevo y creativo. Hablamos de la exposición y Kimika me explica la rica polisemia del término “hilo” (ito) en el idioma japonés en función de la palabra que lo acompañe 1: lazo, vínculo, enlace, durar, continuar, contar con algo, apoyarse en algo… Se refiere a la vida. Shukumei significa literalmente “albergar la vida o morar en la vida”; quiere decir “destino” en el sentido de algo –positivo o negativo– que no podemos cambiar por nosotros mismos. Algo que, destinado a suceder, siempre encontrará una forma de manifestarse. Hablamos de la maktuba y la conexión humana de su obra en colaboración con mujeres refugiadas saharauis y cómo el trabajo continuado en un contexto es capaz de crear lazos de amistad, sororidad y solidaridad. Las mujeres saharauis nos han enseñado que sólo al sentir sus luchas como propias serán otros pueblos del mundo capaces de hablar en su nombre. Kimika despliega una gran pieza textil titulada El muro de las resistentes. Esta obra –un espectacular collage hecho con trozos de melhfa (la tradicional túnica femenina) que las mujeres arrancaron voluntariamente de su ropa y entregaron a la artista– comenzó en el Sáhara en 2014 con una acción organizada por Kimika frente al muro de la vergüenza marroquí. Este muro militar divide el territorio y a las familias saharauis con un sistema de bermas que se extienden 2.800 km y el campo de minas más extenso del mundo, desestructurando social y económicamente a todo un pueblo, y manteniendo la brutal e ilegal ocupación marroquí. La acción convocó a las mujeres de todas las wilayas y el llamamiento corrió de jaima en jaima. El día de la acción, más de cien mujeres se desplazaron con las artistas a un punto a unos 500 m. frente al muro, justo delante del campo de minas. Las mujeres saharauis tomadas de la mano bailaron, gritaron y dieron rienda suelta a la indignación y el clamor de su pueblo. Esta acción colectiva es una celebración del espíritu indomable de las mujeres saharauis, que con su sabiduría y su coraje tejen las redes humanas de la resistencia cotidiana. Una sabiduría que nos interpela y nos recuerda que sólo el valor de la conciencia, una conciencia global de justicia social, puede desmontar los muros que la ignorancia construye cada día en todas nuestras sociedades. Contemplo las sinuosas composiciones con texturas de melhfa y forros de jaima. Las formas juegan al escondite con el fondo. Retazos de estampados africanos que bailan sobre campos vibratorios de shibori y batik. La obra despliega una colorida armonía de yuxtaposiciónes culturales que parecen moverse animadas por el viento, a favor de la corriente. Los poéticos títulos evocan imágenes de la danza, las dunas, la brisa, el mar o la ceremonia del té. Nuestra conversación continúa recorriendo la geografía de las ideas. Kimika me habla del hilo como unmei. Literalmente “ llevar la vida”; significa la “suerte” o “fortuna”, no como predestinación, sino en el sentido de lo que puedes cambiar con tu acción voluntaria en el mundo. El unmei sería la otra cara del shukumei, refiriéndose a la autodeterminación que tenemos de mejorar el mundo a través de nuestras acciones. La resistencia frente a la fatalidad. Otro concepto importante para Kimika es el de koromo, que también se escribe con el carácter ito: “un elemento para cubrir al cuerpo humano, como la ropa”. Para la artista koromo es una necesidad fundamental; la necesidad de cubrirse, la protección y el refugio. La palabra melhfa también significa en hasanía “cubrir” y recuerdo cómo las mujeres saharauis, huyendo al desierto durante la invasión militar del la Marcha Verde, colgaron sus melhfas de las ramas de los árboles para ofrecer sombra y protección a sus familias, convirtiéndose en las primeras jaimas plantadas en el exilio que dieron lugar a los campamentos de refugiados. La conversación nos lleva a hablar de la noción de baraka. La baraka es un concepto tradicional que en árabe significa buena suerte, así como bendición, carisma y buena fortuna. Kimika explica que para los saharauis en los campamentos de Tinduf los vientos del Atlántico son propicios para traer la baraka. Kimika trabajó con campanas de viento –que se llama furin en Japón y se usan como agüero para proteger las casas de energías nocivas. Con los y las saharauis realizó campanas de viento con botellas de agua vacías. Las campanas fueron decoradas e inscritas con las esperanzas de los participantes. Luego se colgaron en las puertas de las jaimas con el deseo de que la felicidad venga como un viento del oeste que ahuyente los males que afligen a este noble pueblo.
El conjunto de la obra de Kimika transmite paz porque está creada desde la paz. Sin embargo no es una obra que cierre los ojos al dolor, el conflicto o la fealdad del mundo. Es un compromiso con las estrategias de noviolencia activa como praxis artística, política y personal. En uno de sus textos la artista invita a ver más allá de lo condicionado: “nunca me ha gustado imaginarme a mí misma como una “voluntaria que ayuda a otras pobres personas que sufren”. No son “otros”, sino “yo” en el sentido más profundo. Después de siete años trabajando con los saharauis, me parece que la verdad es que ya no soy “japonesa” , “española”, “saharaui”, “marroquí” o incluso “artista”. Ha llegado el momento en que la humanidad pueda intensificar una mayor conciencia de lo que realmente somos. La naturaleza lo sabe, los animales, las plantas y los insectos tienen una inteligencia natural más allá de la violencia y la dualidad, una sabiduría noviolenta, integral e incluyente para convivir más allá de todas las diferencias”. El pueblo japonés siempre ha sentido un profundo respeto por el espíritu y el poder de la naturaleza y lo natural. La obra de Kimika trabaja con la vida misma y las relaciones entre los lenguajes artísticos, humanos y naturales. “Siempre me gusta conectarme con el lugar donde voy a trabajar, a través de la gente, el alma y el aire. Quiero expresar a través de mi arte los sentimientos, el alma y las emociones de la vida cotidiana en el lugar que me rodea”. Como en una pintura taoísta nos hemos vuelto pequeñas figuras en un inmenso paisaje, hasta convertirnos en los pequeños hilos de la tela. Quizás así podemos contemplar el profundo sentido que se resume en la noción de la maktuba saharaui (la suerte, la providencia, el destino, literalmente: lo escrito). Nuestro destino individual está indisolublemente vinculado al destino colectivo. Todas las personas somos parte de algo más grande y estamos unidas por una red inescapable de mutualidad, somos pequeñas hebras del vasto tejido de la vida. Cualquier cosa que afecte a uno directamente, afecta a todos indirectamente. Como las saharauis podemos confíar en una fuerza anterior a nosotros que nos precede y nos ha dado la existencia. Así, tomar el hilo significa confiar en la inteligencia de la vida y tomar la libertad.

(1) Los kanji (literalmente “carácter hen”) o sinogramas que se utilizan en la escritura del idioma japonés tienen origen en China y sirven para expresar conceptos. Los kanji constan de una raíz que se deriva o conjuga según el carácter que lo acompañe. Es por ello que cada concepto puede aludir a una multitud de significados como en el caso del concepto ito: hilo

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